Friday, January 20, 2006

Cyfieithu o'r Sbaeneg i'r Gymraeg

Era costumbre de la familia de mi madre reunirse durante el verano en casa de mi abuela. Era un piso no muy grande en el que nos instalábamos dos familias. Además de los residentes habituales de la casa: mi abuela, su hijo soltero, la cocinera y la doncella. Nosotros ocupábamos hasta el último rincón de la casa. No recuerdo que mi abuela se enfadase jamás y, sin embargo, era muy seria. La veo peinándose frente al espejo, el cabello gris sobre los hombros, antes de hacerse su complicado moño y de colocarse alrededor de la garganta el pañuelo blanco y negro. Siempre vestida de negro, siempre derecha, siempre impecable. Ninguna joya, nada de pintura sobre su rostro. Paseábamos cogidos de su mano y a veces nos compraba pasteles, pero no le gustaban los caprichos. Ella no era caprichosa. Le bastaban sus trajes negros, su pañuelo, su cabello bien cepillado y bien peinado. No era rica, no nos dejó nada. Pero en su armario había muchas cosas y algunas veces nos las enseñaba. Cosas sin valor, recuerdos. La abuela pasaba parte del invierno con nosotros, por lo que estábamos acostumbrados a ella, pero todavía me sorprende que ella se mostrase tan acostumbrada a nosotros.

(Wedi’i addasu o Una enfermedad moral gan S. Puértolas)

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